Sagrado susurro - Gabriela Ricciardelli

Ese frenesí sagrado y pujante que de tanto en tanto brota como si la Naturaleza hubiese sembrado en nuestra alma el germen del caos primitivo, de lo ultra humano que se apodera de nuestro ser para arrastrarnos hacia el abismo de lo infinito. La inquietud esencial de nuestro cosmos interior en ebullición, nos arroja hacia la magia de lo numinoso que escapa a toda razón razonable. Insatisfacción peligrosa de un espíritu inquieto que se eleva como anhelo hacia alturas inimaginables para terminar como estrella fugaz errante con un poder de inspiración del más allá...
Tal como si Dionisio nos hubiese rozado con el misterio de su tirso, un conjuro de energía desordenada nos despierta del mundo de lo inerte y a su vez nos mata de lo vivo sinrazón, un caos creador de mil formas y sentidos girando como caleidoscopio en un kairós multicolor.
Como manantial entre las rocas, el murmullo interior se cuela siguiendo la fuerza de nuestro hado, quien en su templo custodia con sigilo las esencias dormidas mientras nos incitan irresistiblemente a obrar gobernando nuestro sino en el decurso del tiempo.
Bajo la égida de Goethe, poeta amo de sí mismo y dueño de su voluntad, intentamos con fuerza heroica transformar la tentadora fantasía de lo inconmensurable en forma definida para evitar huir de las fronteras de la vida y convertir con entusiasta decisión lo eruptivo en evolutivo.
Estas fuerzas se nos amigan mientras sepamos domeñar el torbellino volcánico que nos extravía en la inmensidad como buque sin timón que se encalla en los arrecifes de la fatalidad. Es una lucha épica con la existencia que danza entre pluma y balanza al compás de las moiras hilanderas de las hebras de la vida en la rueca del destino. Un juego pítico de noventa y nueve lunas de papel  y un alma empapada de tinta para garabatear mil historias de decoro bajo los laureles de Apolo. Aquella que viaja en el navío sagrado de Teseo, pero teme querer perderse en el laberinto de Creta para ser devorada por el Minotauro. Y aunque la pasión enceguecida  impida ver los hilos de Ariadna, los oídos impíos escuchan como letanía el susurro de Dédalo soplando las alas que nos llevarán de regreso al final del camino. Y así, bajo el amparo del más allá echaremos hondas raíces en las profundidades de la tierra enardecida para habitar con valor y convicción nuestra propia fábula florecida bajo el sol del más acá.


                                                                                                                                Gabriela Ricciardelli