Cúrense a ustedes mismos - Capítulo VII - Edward Bach

Y ahora llegamos al problema crucial: ¿Cómo podemos ayudamos a nosotros mismos? Cómo mantener a nuestra mente y a nuestro cuerpo en ese estado de armonía que dificulte o imposibilite el ataque de la enfermedad, pues es seguro que la personalidad sin conflicto es inmune a la enfermedad.
En primer lugar, consideremos la mente. Ya hemos discutido extensamente la necesidad de buscar en nosotros mismos los defectos que poseemos y que nos hacen actuar contra la Unidad y sin armonía con los dictados del alma, y de eliminar, esos defectos desarrollando las virtudes contrarias. Esto puede hacerse siguiendo las directrices antes indicadas, y un auto examen de buena fe nos descubrirá la naturaleza de nuestros errores. Nuestros consejeros espirituales, médicos de verdad e íntimos amigos podrán ayudamos a conseguir un buen retrato de nosotros mismos, pero el método perfecto de aprender es el pensamiento sereno y la meditación, y el llegar a un ambiente de paz y sosiego en el que las almas puedan hablamos a través de la conciencia e intuición, y guiamos según sus deseos. Sólo con que podamos apartamos un rato todos los días, perfectamente solos y en un lugar tranquilo, sin que nadie nos interrumpa, y sentamos o tumbamos tranquilamente, con la mente en blanco o bien pensando sosegadamente en nuestra labor en la vida, veremos después de un tiempo que esos momentos nos ayudan mucho y que en ellos tenemos como destellos de conocimiento y de consejo. Vemos que se responde infaliblemente a los difíciles problemas de la vida, y somos capaces de elegir confiadamente el camino recto. En esos momentos tenemos que alimentar en nuestro corazón un sincero deseo de servir a la humanidad y de trabajar siguiendo los dictados de nuestra alma.
Recordemos que cuando se descubre el defecto, el remedio no consiste en luchar denodadamente contra él con grandes dosis de voluntad y energía para suprimido, sino en desarrollar firmemente la virtud contraria, y así, automáticamente, desaparecerá de nuestra naturaleza todo rastro de mal. Éste es el verdadero método natural de progresar y de dominar al mal, mucho más fácil y efectivo que la lucha contra un defecto en particular. Al combatir un defecto, se aumenta el poder de éste al mantener la atención centrada en su presencia, y se desencadena una verdadera batalla; el mayor éxito que cabe esperar en este caso es vencerlo, lo cual deja mucho que desear, ya que el enemigo permanece dentro de nosotros mismos y en un momento de debilidad puede resurgir con renovados bríos. Olvidar el defecto y tratar conscientemente de desarrollar la virtud que aniquile al anterior, ésa es la verdadera victoria.
Por ejemplo, si existe crueldad en nuestra naturaleza, podemos repetirnos continuamente: «No voy a ser cruel», y así evitar errar en esa dirección; pero el éxito en este caso depende de la fortaleza de la mente, y, si se debilita por un momento, podemos olvidar nuestra resolución. Pero si, por otra parte, desarrollamos la compasión y el cariño por nuestros semejantes, esta cualidad hará que la crueldad sea imposible de una vez por todas, pues evitaremos con horror cualquier acto cruel gracias a la compasión. En este caso no hay supresión, no hay enemigo oculto que aparezca en cuanto bajamos la guardia, pues nuestra compasión habrá erradicado por completo de nuestra naturaleza la posibilidad de cualquier acto que pudiera dañar a los demás.
Como hemos visto anteriormente, la naturaleza de nuestras enfermedades físicas nos ayudará materialmente al señalar qué disonancia mental es la causa básica de su origen; y otro gran factor de éxito es que consideremos la vida y la existencia no meramente como un deber que hay que cumplir con la mayor paciencia posible, sino que desarrollemos un verdadero gozo por la aventura de nuestro paso por este mundo.
Quizá una de las mayores tragedias del materialismo es el desarrollo del aburrimiento y la pérdida de la auténtica felicidad interna; enseña a la gente a buscar el contento y la compensación a los padecimientos en las alegrías y placeres terrenos, y éstos sólo pueden proporcionar un olvido temporal de nuestras dificultades. Una vez empezamos a buscar compensación a nuestras duras pruebas con las bromas de un bufón a sueldo, comenzamos un círculo vicioso. La diversión, los entretenimientos y las frivolidades son buenos para todos nosotros, pero no cuando dependemos de ellos persistentemente para olvidar nuestros reveses. Las diversiones mundanas de cualquier clase tienen que ir aumentando de intensidad para ser eficaces, y lo que ayer nos distraía mañana nos aburrirá. Así seguimos buscando otras y mayores diversiones hasta que nos saciamos y ya no obtenemos alivio por esa parte. De una forma o de otra, la dependencia de las diversiones mundanas nos convierte a todos en Faustos, y aunque no seamos plenamente conscientes de ello, la vida se convierte en poco más que un deber paciente, y su auténtica sal y alegría, que debiera ser la herencia de todo niño y mantenerse a lo largo de la vida hasta la hora postrera, se nos escapa. Hoy día se alcanza el estado extremo en los esfuerzos científicos por rejuvenecer, por prolongar la vida natural y aumentar los placeres sensuales con prácticas demoníacas.
El aburrimiento es el responsable de que admitamos en nuestro ser una incidencia de la enfermedad mucho mayor de la normal, de forma que las enfermedades asociadas con él tienden a aparecer a edad cada vez más temprana. Esta circunstancia no se dará si conocemos la verdad de nuestra Divinidad, nuestra misión en el mundo, y, por tanto, si contamos con la alegría de obtener experiencia y de ayudar a los demás. El antídoto del aburrimiento es interesarse activa y vivamente por todo cuanto nos rodea, estudiar la vida durante todo el día, aprender y aprender y aprender de nuestros semejantes, y de los avatares de la vida, y ver la Verdad que se oculta tras todas las cosas, perdernos en el arte de adquirir conocimientos y experiencia, y aprovechar las oportunidades de utilizar esta experiencia en favor de un compañero de fatigas. Así, cada momento de nuestro trabajo y de nuestro ocio nos aportará un conocimiento, un deseo de experimentar con cosas reales, con aventuras reales y hechos que valgan la pena, y conforme desarrollemos esa facultad, veremos que recuperamos el poder de sacar contento de los menores incidentes, y circunstancias que hasta entonces nos parecían mediocres y de gran monotonía, serán motivo de investigación y de aventura. Son las cosas más sencillas de la vida -las cosas sencillas porque están más cerca de la gran Verdad- las que nos proporcionarán un placer más real.
La renuncia, la resignación, que nos convierte en un mero pasajero pasivo del viaje por la vida, abre la puerta a influencias adversas que nunca habrían tenido oportunidad de deslizarse si la existencia cotidiana se viviera con alegría y espíritu de aventura. Cualquiera que sea la situación de cada uno, trabajador en una ciudad superpoblada o pastor solitario en las montañas, tratemos de convertir la monotonía en interés, el deber aburrido en una alegre oportunidad para experimentar, y la vida cotidiana en un intenso estudio de la humanidad y de las leyes fundamentales del Universo. En todo lugar hay amplias oportunidades de observar las leyes de la Creación, tanto en las montañas como en los valles, o entre nuestros hermanos los hombres. Lo primero, convirtamos la vida en una aventura apasionante, en la que no quepa el aburrimiento, y con el conocimiento así logrado veamos cómo armonizar nuestra mente con nuestra alma y con la gran Unidad de la Creación de Dios.
Otra ayuda fundamental puede ser para nosotros desechar el miedo. El miedo, en realidad, no cabe en el reino humano, puesto que la Divinidad que hay dentro de nosotros, que es nosotros, es inconquistable e inmortal, y si sólo nos diéramos cuenta de ello, nosotros, como Hijos de Dios, no tendríamos nada que temer. En la era materialista, el miedo aumenta naturalmente con las posesiones terrenas (ya sea del propio cuerpo o riquezas externas), puesto que si tales cosas son nuestro mundo, al ser tan pasajeras, tan difíciles de lograr y tan imposibles de conservar, excepto lo que dura un suspiro, provocan en nosotros la más absoluta ansiedad, no sea que perdamos la oportunidad de conseguidas, y necesariamente hemos de vivir en un estado constante de miedo, consciente o subconsciente, puesto que en nuestro fuero interno sabemos que en cualquier momento nos pueden arrebatar esas posesiones y que lo más que podemos conservadas es una breve vida.
En esta era, el miedo a la enfermedad ha aumentado hasta convertirse en un gran poder de dañar, puesto que abre las puertas a las cosas que tememos, y así éstas llegan más fácilmente. Ese miedo es en realidad un interés egoísta, pues cuando realmente estamos absortos en el bienestar de los demás no tenemos tiempo de sentir aprensión ante nuestras enfermedades personales. El miedo está actualmente desempeñando una importante labor de intensificación de la enfermedad, y la ciencia moderna ha extendido el reinado del terror al dar a conocer al público sus descubrimientos, que no son más que verdades a medias. El conocimiento de las bacterias y de los distintos gérmenes asociados con la enfermedad ha causado estragos en las mentes de miles de personas, y, debido al pánico que les ha provocado, les ha hecho más susceptibles de ataque. Mientras las formas de vida inferiores, como las bacterias, pueden desempeñar un papel, o estar asociadas a la enfermedad física, no constituyen en absoluto todo el problema, como se puede demostrar científicamente o con ejemplos de la vida cotidiana. Hay un factor que la ciencia es incapaz de explicar en el terreno físico, y es por qué algunas personas se ven afectadas por la enfermedad mientras otras no, aunque ambas estén expuestas a la misma posibilidad de infección. El materialismo se olvida de que hay un factor por encima del plano físico que, en el transcurso de la vida, protege o expone a cualquier individuo ante la enfermedad, de cualquier naturaleza que sea. El miedo, con su efecto deprimente sobre nuestra mentalidad, que causa inarmonía en nuestros cuerpos físicos y magnéticos, prepara el camino a la invasión, y si las bacterias y las causas físicas fueran las que única e indudablemente provocaran la enfermedad, entonces, desde luego, el miedo estaría justificado. Pero cuando nos damos cuenta de que en las peores epidemias sólo se ven atacados algunos de los que están expuestos a la infección, y de que, como hemos visto, la causa real de la enfermedad se encuentra en nuestra personalidad y cae dentro de nuestro control, entonces tenemos razones para desechar el miedo, sabiendo que el remedio está en nosotros mismos. Podemos decir que el miedo a los agentes físicos como únicos causantes de la enfermedad debe desaparecer de nuestras mentes, ya que esa ansiedad nos vuelve vulnerables, y si tratamos de llevar la armonía a nuestra personalidad, no tenemos que anticipar la enfermedad lo mismo que no debemos temer que nos caiga un rayo o que nos aplaste un fragmento de meteoro.
Ahora consideremos el cuerpo físico. No debemos olvidar en ningún momento que es la morada terrena del alma, en la que habitamos una breve temporada para poder entrar en contacto con el mundo y así adquirir experiencia y conocimiento. Sin llegar a identificarnos demasiado con nuestros cuerpos, debemos tratarlos con respeto y cuidado para que se mantengan sanos y duren más tiempo, a fin de que podamos realizar nuestro trabajo. En ningún momento debemos sentir excesiva preocupación o ansiedad por ellos, sino que tenemos que aprender a tener la menor conciencia posible de su existencia, utilizándolos como un vehículo de nuestra alma y mente y como esclavos de nuestra voluntad. La limpieza interna y externa es de gran importancia. Para la limpieza externa, nosotros los occidentales utilizamos agua excesivamente caliente; ésta abre los poros y permite la admisión de suciedad. Además, la excesiva utilización del jabón vuelve pegajosa la superficie. El agua fresca o tibia, en forma de ducha o de baño renovado, es el método más natural y mantiene el cuerpo más sano; sólo la cantidad de jabón necesaria para quitar la suciedad evidente, y luego enjuagado con agua fresca.
La limpieza interna depende de la dieta, y deberíamos elegir cosas limpias y completas y lo más frescas posible, principalmente frutas naturales, verduras y frutos secos. Desde luego habría que evitar la carne animal; primero porque provoca en el cuerpo veneno físico; segundo porque estimula un apetito excesivo y anormal, y tercero, porque implica crueldad con el mundo animal. Debe tomarse mucho líquido para limpiar el cuerpo, como agua y vinos naturales y productos derivados directamente del almacén de la Naturaleza, evitando las bebidas destiladas, más artificiales.
El sueño no debe ser excesivo, ya que muchos de nosotros tenemos más control sobre el cuerpo cuando estamos despiertos que cuando dormimos. El antiguo dicho inglés «cuando llega la hora de darse la vuelta, llega la hora de levantarse» es una excelente indicación de cuándo levantarse.
Las ropas deben ser ligeras de peso, tan ligeras como lo permite el calor que den; deben permitir que el aire traspase hasta el cuerpo, y, siempre que sea posible, hay que exponer el cuerpo, a la luz del sol y al aire fresco. Los baños de agua y de sol son grandes fuentes de salud y vitalidad.
En todo hay que estimular la alegría, y no debemos permitir que nos opriman la duda y la depresión, sino que debemos recordar que eso no es propio de nosotros, pues nuestras almas sólo conocen la dicha y la felicidad.